Lo que María guardaba en su corazón
Dios se hace fuerte en los débiles. Y por el “SÍ” confiado de María, el Padre envió a su Hijo para que la Humanidad fuese salvada. Y Dios se hizo carne, y se hizo realidad en la Historia.
El ser la elegida de Dios para Madre de su Hijo no le facilitó a María las cosas, no fue un camino de rosas. Más bien al contrario. Desde su valiente “SÍ”, su vida se complicó. Expuesta al repudio del que iba a ser su esposo, José, hasta incluso ser castigada por las duras leyes judías por tener un hijo sin estar casada. Pero no acabó ahí la senda confiada y tantas veces complicada de María. La marcha a Belén para concebir con José, viéndose ignorada y desamparada por el entorno. Y la huida a Egipto, con el temblor de quien teme por la vida de un hijo, pero confiada en Dios. Igual que cualquier madre sufre ante el dolor de un hijo, ¡Cómo no iba a estar angustiada la Madre de Dios! Y mientras María aprendía en la escuela del silencio, de la espera, de la meditación confiada en Dios. Nazaret fue escuela de oración, de piedad, de verdadero aprendizaje como nos cuenta el Evangelio de San Lucas. Otro episodio más se suma a esta confianza: en el lema de este año “Abre los ojos” vuelve a apostar confiadamente en las bodas de Caná con un decidido “Haced lo que Él os diga.”
María se convierte en nuestra Madre cuando llora amargamente a los pies del Calvario. ¡Cuánto dolor comparable al que hoy sentimos ante la pandemia! Pero desde la Cruz, Cristo expresó a María y a Juan, el Apóstol Amado: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo. Ahí tienes a tu madre”. Fue entonces cuando María empezó a sentir nuestro dolor, a acompañarnos en el camino a saber enjugar nuestras lágrimas, en los momentos difíciles. Fue cuando comenzó a ser nuestra Auxiliadora. Cuando comenzó a acompañarnos en el peregrinar de la vida, nos invita a descubrir su compañía en la tristeza y en los momentos alegres nos regala su sonrisa con esa mirada discreta y serena de la verdadera Madre.